viernes, 31 de octubre de 2014

Arroz para cenar

Hay un hombre sentado en ese despacho, repeinado y respondiendo a infinidad de clichés. Está recostado en una butaca de cuero negra que ronronea cuando se inclina hacia atrás. El suelo del despacho es de cristal y debajo está lo que desde aquí se ve y se vive en horizontal.

Una niña con apenas siete años tira de un burro famélico y cargado, cargadísimo. Se le acercan un niño y otra niña y le enseñan algo que esconden en las manos. Los tres ríen. Nadie oye lo que dicen. La risa del hombre trajeado suena más fuerte mientras revisa unos papeles y truena en Areguy. Los subsidios estatales en países desarrollados maquillan los dientes afilados y amarillos de las políticas más agresivas. La misma ayuda impide a los haitianos erigir cualquier industria arrocera. Competir con la gratuidad es imposible. 

Las presiones que el FMI ejerció en 1995 sobre Haití para que redujera los aranceles aplicados a las importaciones de arroz del 35% hasta el 3% provocaron un aumento del número de importaciones del 150%. Lo que implica que 3 de cada 4 platos del arroz consumido en Haití proviene de cultivos estadounidenses. La cooperativa agrícola estadounidense Riceland Foods vio aumentar sus ganancias por exportaciones en 123 millones de dólares entre el 1995 y 2003. La contrapartida fue la imposibilidad competitiva de los 50.000 agricultores haitianos dedicados a la industria arrocera. Cabe señalar que la industria haitiana era primitiva, enmarcada en una agricultura de auto-abastecimiento que vende en el mayor de los casos los excedentes.

La liberalización comercial de Haití, que consistió en la eliminación casi total de las barreras al comercio exterior, pasó por la reducción de los aranceles aduaneros a la importación con tarifas del 2,9% en 2003 según números facilitados por la OMC. Esta reducción convierte a Haití, país que necesita del proteccionismo comercial dada la precariedad de todas sus industrias, uno de los más abiertos y liberalizados del mundo.

El impacto de esta liberalización en el sector arrocero se aprecia en indicadores económicos como la producción arrocera, el número de importaciones, el consumo de arroz, los precios, el empleo, los ingresos, las rentas del estado y el crecimiento económico. El coste de tener unos precios más bajos cuyas ganancias no se quedan y por lo tanto no contribuyen a activar su economía, implica directamente un descenso en el crecimiento económico, en el empleo y en los ingresos de la población.

Si bien es cierto que elevar los aranceles eleva a su vez el precio de los productos, es la única manera de que los productores del país salgan adelante. En Haití más de la mitad de la población vive de la tierra y con las exportaciones a precios tan bajos, este sector queda imposibilitado de comprar, de competir y por consiguiente de consumir.

El principal país beneficiado de esta eliminación de los aranceles fue Estados Unidos. La liberalización económica de Haití incrementó la dependencia del país con relación al exterior, y sobre todo a Estados Unidos. Por su parte, los productores estadounidenses reciben subsidios provenientes del estado que les permiten vender el arroz por un precio inferior al propio precio de producción. Esta práctica recibe el nombre de dumping y ahoga cualquier intento de supervivencia de la industria haitiana, que no cuenta con ningún apoyo estatal a nivel técnico o financiero.

El dumping supone una práctica abusiva cuya prohibición aliviaría algunas de las consecuencias más dramáticas del libre comercio en economías poco desarrolladas. A pesar de que no está prohibido la OMC lo considera condenable cuando daña duramente algún sector de la producción nacional del país importador.

El hecho de que las empresas arroceras estadounidenses hayan podido establecer un precio inferior a los costos de producción, elimina la competencia hatiana desterrándola de su propio tablero de juego con un jaque mate definitivo.

Así, a pesar de que a  Estados Unidos le cueste 412 dólares producir una tonelada de arroz, puede ser vendida a países arroceros en vías de desarrollo por 274 dólares, según apunta la agencia humanitaria OXFAM, promoviendo una injusta técnica de dumping que no hace sino empobrecer todavía más a estos países.

Tras décadas de importación barata desde los Estados Unidos la industria arrocera local prácticamente desapareció impidiendo así a Haití alimentarse por sus propios medios y aumentando el sentimiento de mendicidad del pueblo haitiano definitivamente dependiente de la solidaridad internacional para sobrevivir.

No hace tanto tiempo desde que la Comunidad Internacional admitió que la eliminación de los aranceles aduaneros solo contribuyó al aumento del hambre en Haití. Uno de los principales actores políticos que críticó esta política de liberalización fue Bill Clinton en un intento de redimir su culpa.   El ex presidente de los Estados Unidos pidió perdón públicamente por haber llevado con orgullo el estandarte de la supresión de las tarifas a arroz importado allá por el 1995. De cualquier forma, el mal ya está hecho.


El hombre se levanta satisfecho. Se lava las manos y la cara. Contento con su vida, su imagen y su país. Sentirse dueño de tantos posesivos le produce un agradable hormigueo de pies a manos. Llueve en Areguy.

La niña continúa por el camino, está anocheciendo y el barrizal en el que se ha convertido el camino endurece la vuelta a casa. Hoy no hay arroz para cenar.

jueves, 30 de octubre de 2014

Puerto Príncipe - Areguy

Había una clara diferencia en el avión. Parejas que reiteraban su amor viendo las películas con los cascos compartidos y una amalgama de personas que exaltaban el júbilo de volver a casa. Hace 13 años desde que mi compañero de vuelo se despidió de su familia en el aeropuerto haitiano Toussant-Louverture, nombre del principal dirigente de la Revolución hatiana. Viaja por tres semanas, estaba nervioso y decía que los estadounidenses seguían colonizándolos a día de hoy. Los haitianos hablaban unos con otros y se llamaban compatriotas. En aquel vuelo el amor aterrizaba en Santo Domingo y la expectación en Puerto Príncipe. Efectivamente hubo aplauso cuando el avión rozó la tierra.

Puerto Príncipe es la hipérbole del caos. Los coches comparten calle con tenderetes y niños que utilizan los mismos caminos para jugar al fútbol descalzos cambiando chanclas por porterías. La gente está en la calle y vende lo que tiene. Dos mangos, tres raíces de jengibre o un poco de carbón. El carbón es la primera fuente de energía de Haití. La contrapartida es una masa forestal que no llega al 1%. La acera se ocupaba por la basura y la gente sentada, a partes iguales. Los niños me saludaban desde la calle y la hermana Schola, por su parte, me dio la bienvenida con una gaseosa de Haití que paramos a comprar en la tienda de una gasolinera. El letrero de la puerta prohibía entrar con armas y me asusté un poco.

Por la mañana me desperté tranquila. Las monjas que me han dejado vivir con ellas procuran en todo momento que esté cómoda, poniendo a mi disposición todo lo que tienen. Después de desayunar, deshacer la maleta, lavar la ropa y ducharme con calderos de agua fría sólo eran las 9 de la mañana. Busqué en mí el miedo que sabía que vagaría escondido y acabé admitiendo que el aprendizaje va a ser un poco costoso. Estoy sola con mis costumbres de primer mundo (agua caliente, leche fría o cisternas) en este mundo de fe y vivir con poco.

Aquí tienes que reconocerte en tu dimensión más animal. El calor hace que sudes y las manchas de la ropa sólo salen si frotas. Aquí el organismo escondido que supura líquidos y reivindica nuestra naturaleza animal se revoluciona. Se camufla con esfuerzo y y dedicación consciente. Un esfuerzo que subraya la trampa, trampa que a su vez ha venido escondiendo la lavadora, la cisterna o el perfume.

La gente me saluda como si llevara viviendo aquí los últimos dos años, eso sumado a la calma con la que se sucede el día me hace sentir bien. Tan solo he dormido dos noches en esta cama y parece que todos me ubican aquí. Todos me ubican menos yo, que me sigo sintiendo como un gato al que cambiaron de sitio. Inspeccionándolo todo algo insegura, atendiendo a cada ruido y matando mosquitos con las manos.
De momento seis picaduras, mamá.




martes, 28 de octubre de 2014

Je ne tremble pas

Me dejó hablar durante veinte minutos sobre la incertidumbre que conlleva que el tiempo de la universidad prescriba, que se acaben los raíles. Me dejó explicarle una necesidad de sentirme útil no saciada y un deseo de sentirme en la tierra, una vuelta a lo orgánico. Apagar el móvil. Dejó que le hablase de mis dudas en relación al futuro y al presente. Le hablé de este blog y de esa idea que apareció cruzando la explanada de Les Invalides en París hace más o menos medio año. Me dejó hablar durante veinte minutos y después pensó dos más. Pues harás bien fue todo lo que mamá dijo. 

A partir de entonces hablamos de Haití como un hecho real. Un día el vuelo estaba comprado y mi madrina no dejaba de contarme cosas que impacientaban mis ganas aterrizar en Puerto Príncipe. Todo ha ayudado y todos han ayudado.

La aventura consiste en vivir. El vuelo a Haití sale en poco más de una hora. Estoy en el aeropuerto parisino de Orly, en la puerta 19A de la terminal sur. Pasaré los próximos dos meses en Arreguy, un pueblo pequeño del que prefiero hablar cuando ya sepa a qué sabe.

No he pensado demasiado qué voy a encontrarme o cómo voy a reaccionar. Pero imagino un aplauso enorme cuando el vuelo aterrice en Puerto Príncipe y no dudo que, por lo pronto, voy a participar en esa orquesta. 


Cuando pensaba en este día tenía claro que acabaría esta entrada diciendo que Je tremble comme une feuille, pero no, Je ne tremble pas.