Los rituales africanos centellean en las pupilas, azuzados por los latidos del corazón mientras se santiguan ante el Santísimo sacramentado con la devoción de una clarisa.
La fuerza que tiene la creencia vudú estriba en las raíces africanas del pueblo haitiano, que llegó maniatado y enmudecido a las américas, en manos de los colonos europeos. La religión vudú nace en África occidental y se atrinchera en los corazones de sus pueblos, navegando escondida en las bodegas de los barcos que cruzaban el océano y durmiendo en el suelo.
El vudú adora a los espíritus que interceden por los humanos ante Bondye, llamados loas. Bondye es la entidad sobrenatural última y entre sus ocupaciones no está la de atender los problemas humanos. Por medio de danzas, sacrificios y rituales, los practicantes del vudú entran en contacto con sus ancestros y con los loas, que protegen y vigilan aspectos concretos de la vida humana. Son el ejército de intermediarios entre las personas y Bondye.
Esta religión es símbolo inequívoco de liberación para el pueblo haitiano. Los líderes de la revolución que libraron contra los colonos franceses en el siglo XVII, se encomendaban a prácticas vudú antes de las batallas y encontraban en los ancestros invocados en sus rituales la fuerza para librar con éxito los sangrientos combates.
El 14 de agosto de 1791 el sacerdote Boukman celebró un histórico ritual vudú en Bois-Cayman que alentó a los combatientes para dar comienzo a la guerra de la libertad. Los loas del vudú fueron el catalizador del proceso revolucionario que terminaría trece años después con la instauración de la primera república formada por esclavos negros liberados.
El vudú bebe de las creencias mágicas de estos esclavos, aderezadas con el cristianismo impuesto por los colonialistas y algo del politeísmo celta vivo hasta entonces. Del contacto con las prácticas cristianas, que llegaron en el mismo atado que las lenguas latinas o el caballo, los practicantes vudú acogieron sincréticamente nuevos elementos de la liturgia católica y la aplicaron con disimulo a sus rituales. El resultado fue una curiosa connivencia. Revistieron a sus loas con túnicas de santo y les cambiaron el nombre. Damballah pasó a ser San Pedro o Ezulie Freda fue llamada desde entonces Virgen María. Los haitianos hicieron coincidir sus días señalados con festividades católicas para poder venerar a sus espíritus sin faltar a la cita obligada con las ceremonias religiosas traídas por los blancos.
Actualmente el 40% de la población sigue practicando el vudú mientras que el 60% ha resuelto el fervor del alma con el Dios cristiano. Los porcentajes no hablan de la gente que comulga con ambas religiones saciando las sedes del espíritu con paz evangélica. Pues lo que no les da una religión, lo encuentran en la otra.
Por la noche se pintan la cara de colores, bailan, beben licores y son habitados por espíritus del más allá; por la mañana, vestidos con sus mejores galas, acuden a la cita para rezar al Cristo muerto en la cruz con sincera devoción.
viernes, 28 de noviembre de 2014
martes, 25 de noviembre de 2014
¡Qué alegría, qué buen día!
Desayuné mantequilla de cacahuete, hablé con las señoras del mercado, tuve algún pensamiento tan fugaz como clarividente y un vecino consiguió una batería con la que hizo funcionar dos grandes altavoces. La mañana de Arreguy disfrutó de una festiva banda sonora a elevados decibelios.
Tres chicos han compuesto una canción. Rap melódico y culto a Madre Tierra. Todos la conocemos y sonó varias veces entre la clara hegemonía de ritmos latinos. Me alegró la mañana y bailé a pleno sol con Madame Merest, la mujer que ayuda en casa. Ambas nos reíamos al darnos cuenta de cuánto nos había influido en el ánimo un poco de música.
Pasado el éxtasis de las primeras canciones me senté al sol para disfrutar de la mañana más tranquilamente (sin dejar de sacudir de vez en cuando los hombros para subrayar mi conformidad con el aderezo musical que condimentaba el día) y saboree la deliciosa atemporalidad que se suspende en la simple observación del presente. No lo pensé, ni tampoco lo proyecté. Tan solo cedí emocionada a que se desarrollase delante de mí y lo disfruté como el espectador que salta y aplaude divertido en la butaca del teatro. Atendí al ritmo del tiempo, al juego de luces y sombras que provoca el viaje de las nubes. Experimenté la calidez cuando la nube se va y la frescura cuando otra ocupa su lugar. Comí plátano frito recién hecho.
Hoy, sin más que decir, me acuesto con una sonrisa amplia y sincera.
Haití me invitó a ser la segunda voz de las melodías que habitan la selva.
La selva de las cosas que pasan.
sábado, 22 de noviembre de 2014
Hoy bailé con ayer
- Me sorprende que hablen tan bajo. Todos hablan así, niños y mayores...
- Es por su historia. Fueron esclavos mucho tiempo, tenían que hablar sin que se les oyese y moverse con sigilo. ¿No te fijaste cómo bailan? A pesar de sus raíces africanas, la danza es muy diferente. No saltan ni se vuelven locos como el resto de los africanos, nacemos bailando. Ellos lo hacen sin moverse demasiado, han bailado mucho tiempo con las manos atadas, y muchas veces incluso con los pies. Es la seña que les dejó el pasado.
- Es por su historia. Fueron esclavos mucho tiempo, tenían que hablar sin que se les oyese y moverse con sigilo. ¿No te fijaste cómo bailan? A pesar de sus raíces africanas, la danza es muy diferente. No saltan ni se vuelven locos como el resto de los africanos, nacemos bailando. Ellos lo hacen sin moverse demasiado, han bailado mucho tiempo con las manos atadas, y muchas veces incluso con los pies. Es la seña que les dejó el pasado.
Su delicadeza exquisita en la pose. Su tono de voz cercano al susurro. Su forma de caminar, con la levedad de un alma furtiva. Cómo se sientan. Su historia se ha filtrado en la sangre, obviando las impermeabilidades de la piel y desoyendo cualquier cántico a la libertad.
Hoy bailé con ayer y me agarró de la cintura.
Hoy bailé con ayer y me sujetó las manos con el índice y el pulgar, como si quemasen.
Hoy bailé con ayer porque mañana no me invita a bailar.
jueves, 20 de noviembre de 2014
Una regaliz y dos moras negras
Cuando éramos pequeños mamá siempre nos regalaba postales. Viajábamos a Palas, por ejemplo, y decía: Mirad a la izquierda, os regalo una postal. Los tres deberíamos tener la mayor colección de postales del mundo si la memoria no fuese tan traicionera. Atardeceres enmarcados en la ventanilla del coche, cielos estrellados, cascadas que caen sobre las montañas abruptas como velos de novias, paisajes ocres de otoño o fuertes oleajes robándole a las rocas, grano a grano, lo que el mar considera que es suyo.
Pasaron los años y mamá cambió las postales por frases de libros. Como a una mariposa asustada, encierra la frase entre sus manos de sabía, hasta que la libera, leyéndola en voz alta. Cierra el libro y vuela la mariposa aleteando en el aire, describiendo el universo narrativo con su estela de luz. Después me toca a mí, y como arpones lanzo las afirmaciones categóricas que tan poco le gustan. No estoy de acuerdo. Pues vaya mierda o es perfecto.
Mamá nos ha enseñado a muchas cosas y nos ha regalado casi siempre el beneficio de la última palabra. Cuando les dije a papá y a ella que quería estudiar en Madrid el sí vino empaquetado dentro de dos grandes maletas. Hablé de Bosnia y llegó a París con El Violonchelista de Sarajevo, pronuncié por descuido la palabra Haití y sólo hizo falta un pues harás bien para tener el billete comprado.
No podré echarle jamás la culpa de que yo no sea porque siempre me ha permitido ser y además es conmigo, celebrando mis alegrías y sufriendo las piedras en mis zapatos.
Tengo suerte, tenemos mucha suerte.
Feliz cumpleaños, mamá.
Pasaron los años y mamá cambió las postales por frases de libros. Como a una mariposa asustada, encierra la frase entre sus manos de sabía, hasta que la libera, leyéndola en voz alta. Cierra el libro y vuela la mariposa aleteando en el aire, describiendo el universo narrativo con su estela de luz. Después me toca a mí, y como arpones lanzo las afirmaciones categóricas que tan poco le gustan. No estoy de acuerdo. Pues vaya mierda o es perfecto.
Mamá nos ha enseñado a muchas cosas y nos ha regalado casi siempre el beneficio de la última palabra. Cuando les dije a papá y a ella que quería estudiar en Madrid el sí vino empaquetado dentro de dos grandes maletas. Hablé de Bosnia y llegó a París con El Violonchelista de Sarajevo, pronuncié por descuido la palabra Haití y sólo hizo falta un pues harás bien para tener el billete comprado.
No podré echarle jamás la culpa de que yo no sea porque siempre me ha permitido ser y además es conmigo, celebrando mis alegrías y sufriendo las piedras en mis zapatos.
Tengo suerte, tenemos mucha suerte.
Feliz cumpleaños, mamá.
miércoles, 19 de noviembre de 2014
Las cosas aquí tienen colores imposibles
Las cosas aquí tienen colores imposibles.
Los tallos de las espinacas son fucsias. El café molido lanza minúsculos destellos brillantes porque los haitianos lo preparan antes con azúcar quemado y canela. Las hojas de los plataneros son enormes y de un verde irredimible. El mar es la paleta turquesa de un pintor monocromático. La piel parece chocolate. Los aguacates juegan con verdes y amarillos. Parece que ni la oscuridad apagaría la fuerza de sus tonos. Los mangos naranja brillante. El cielo es azul y a veces, lo rasgan alargadas nubes blancas que al atardecer se vuelven rosas, luego naranjas. Apagan el día ahogadas en un negro infinito. Las noches se visten de largo. Negro profundo y miles de vibrantes lentejuelas. Las mañanas tienen tanta luz que las pupilas son minúsculas y burbujean en el iris mirando aquí y allá.
Menos mal que esta tierra se pinta con los más vivos colores. Un invierno gris sería imposible. Demasiado. Me han contado que los haitianos nunca pierden la fe, que siembran año tras año a pesar de que nunca lleguen a recoger las cosechas. Siembran en tierra seca, en tierra encharcada, sobre las piedras. Siembran, siembran y siembran. Un día recogen y entonces, todo el resto mereció la pena.
Presiento que en las ecuaciones que subyacen al saber humano, en el intelecto de la Madre Tierra, hay una operación matemática que relaciona directamente la esperanza de esta gente y los colores que cada día pintan la jornada. Una inyección de luz y vida indispensable.
martes, 18 de noviembre de 2014
18 de noviembre: La libertad era poesía negra
Haití, 18 de noviembre de 1803. Se libra la batalla de Vertières entre las fuerzas expedicionarias francesas y los esclavos negros deportados a Haití. Los esclavos levantan las armas exigiendo su libertad. El líder del ejército haitiano, Jean Jacques Dessalines, cae al suelo. Cuando todos creían que había muerto se levanta y continúa luchando. El comandante del ejército francés, Donatien de Rochambeau, proclama unos segundos de alto al fuego para comunicarle al máximo jefe del ejercito contrario que se manchó el uniforme en la caída.
El niño se limpia rápidamente y continúa la representación de su historia. De la historia que les cuenta cómo los esclavos africanos, ancestros recordados con orgullo y misticismo, que fueron transportados a Haití para trabajar tierras de café y azúcar, proclamaron su libertad imponiéndose como la primera república del mundo gobernada por esclavos negros liberados.
Es fiesta en Haití y anoche los tambores sonaron hasta el amanecer, los haitianos celebran con licores y el ritmo de tam tam la liberación de su color. Obligados a defender un país que no era el suyo, acogieron la herencia de una tierra huérfana y estéril. Los indios que la habitaban antes del desembarco francés cayeron uno a uno, rendidos ante un colonialismo agresivo y postrados de rodillas a la esclavitud salvaje que acabó con los indígenas. Haití fue repoblado con esclavos africanos,muchos de ellos enfermos o heridos, los otros convertidos ya para siempre en máquinas para trabajar la tierra y morir desfallecidos.
Es imposible hablar de capitalismo sin contemplar las repercusiones que tuvo la esclavitud en su consecución. El tráfico de compra venta de seres humanos apuntaló una estrecha relación entre el continente europeo, el americano y el africano. La explotación humana reportaba amplios beneficios. La producción de café o azúcar haitiana suponía más del 30% de las importaciones francesas e inglesas. El lastre de esta connivencia desigual perdura hasta hoy como línea divisoria de dos culturas contrapuestas en el inestable tablero de las revoluciones: la cultura de la explotación y la de la resistencia.
Los haitianos celebran hoy la victoria de una sangrante batalla. Sin embargo el cántico a la libertad es disonante y cojea. Encarcelados en una isla que produce más bien poco y sobrevive gracias a una solidaridad internacional que en otro tiempo los esclavizó, no se puede gritar a los cuatro vientos la palabra libertad. Las cicatrices siguen tatuadas en su costados y continúan determinando el producto interior bruto del país, el trabajo de sus gentes o el número de comidas diarias, si las hay.
¡Arrancad de raíz conmigo el árbol de la esclavitud! Pronunciaba el general Toussaint Loverture antes de comenzar cada batalla con fervorosa sed de libertad. Cuando lo mataron pensaban que solo se había talado el tronco del árbol de la libertad pero sus raíces ya eran muchas y muy profundas. Los cultivos no se dan en tierra seca y 210 primaveras más tarde estas raíces siguen buscando el agua que quite la sed a un pueblo deshidratado.
Aquel noviembre que iluminó los ojos y los corazones de los esclavos fue poesía. Los haitianos siguen buscando el camino que desemboca en su redención. Ríos secos. La libertad acotada a una isla con hambre, dolor, sed y resignación como puntos cardinales.
La brisa trae tambores y hace sol en Haití.
El niño se limpia rápidamente y continúa la representación de su historia. De la historia que les cuenta cómo los esclavos africanos, ancestros recordados con orgullo y misticismo, que fueron transportados a Haití para trabajar tierras de café y azúcar, proclamaron su libertad imponiéndose como la primera república del mundo gobernada por esclavos negros liberados.
Es fiesta en Haití y anoche los tambores sonaron hasta el amanecer, los haitianos celebran con licores y el ritmo de tam tam la liberación de su color. Obligados a defender un país que no era el suyo, acogieron la herencia de una tierra huérfana y estéril. Los indios que la habitaban antes del desembarco francés cayeron uno a uno, rendidos ante un colonialismo agresivo y postrados de rodillas a la esclavitud salvaje que acabó con los indígenas. Haití fue repoblado con esclavos africanos,muchos de ellos enfermos o heridos, los otros convertidos ya para siempre en máquinas para trabajar la tierra y morir desfallecidos.
Es imposible hablar de capitalismo sin contemplar las repercusiones que tuvo la esclavitud en su consecución. El tráfico de compra venta de seres humanos apuntaló una estrecha relación entre el continente europeo, el americano y el africano. La explotación humana reportaba amplios beneficios. La producción de café o azúcar haitiana suponía más del 30% de las importaciones francesas e inglesas. El lastre de esta connivencia desigual perdura hasta hoy como línea divisoria de dos culturas contrapuestas en el inestable tablero de las revoluciones: la cultura de la explotación y la de la resistencia.
Los haitianos celebran hoy la victoria de una sangrante batalla. Sin embargo el cántico a la libertad es disonante y cojea. Encarcelados en una isla que produce más bien poco y sobrevive gracias a una solidaridad internacional que en otro tiempo los esclavizó, no se puede gritar a los cuatro vientos la palabra libertad. Las cicatrices siguen tatuadas en su costados y continúan determinando el producto interior bruto del país, el trabajo de sus gentes o el número de comidas diarias, si las hay.
¡Arrancad de raíz conmigo el árbol de la esclavitud! Pronunciaba el general Toussaint Loverture antes de comenzar cada batalla con fervorosa sed de libertad. Cuando lo mataron pensaban que solo se había talado el tronco del árbol de la libertad pero sus raíces ya eran muchas y muy profundas. Los cultivos no se dan en tierra seca y 210 primaveras más tarde estas raíces siguen buscando el agua que quite la sed a un pueblo deshidratado.
Aquel noviembre que iluminó los ojos y los corazones de los esclavos fue poesía. Los haitianos siguen buscando el camino que desemboca en su redención. Ríos secos. La libertad acotada a una isla con hambre, dolor, sed y resignación como puntos cardinales.
La brisa trae tambores y hace sol en Haití.
martes, 11 de noviembre de 2014
Lluvia y cólera a un tiempo
La lluvia se anuncia desde lejos con el ruido de quien sacude una alfombra densa e infinita. Después llega el agua, que es tibia y aviva todos los olores atenuados por el calor de la tierra.
Las gotas son gruesas y robustas, caen rectilíneas y rotundas sobre los tejados de uralita que sustituyeron al ladrillo después del terremoto. La lluvia riega los campos y desborda los ríos al compás metálico y acelerado de las gotas estallando contra el aluminio.
Las casas lloran agua coloreada, su madera pintada sufre la acción de los elementos aplicada con el tosco cincel del tiempo. Las esquinas decoloradas desvelan la madera desnuda y avergonzada como ese hombre que, sin tiempo de ducharse, opta por el perfume y recula dos pasos en el momento del saludo.
La lluvia es vida y muerte en Haití. Los cultivos se secan o se ahogan. La lluvia no llega o lo arrampla todo a su paso airado y mortecino. En el mismo día oigo maldecir la lluvia a unos y ansiarla fervorosamente a otros.
La lluvia es santa y maldita desde su misma indeterminación. La lluvia es esa niña que llora con el semblante impertérrito dejando al albedrío del resto si es de pena o alegría.
Y AHORA, ¿QUÉ?
Estaba corrigiendo esta entrada cuando llega la hermana Basilia, enfermera del centro de salud donde cargo el ordenador y me conecto a Internet, para decirme que hay que derivar a una paciente al hospital de Jacmel. Se trata de una enferma de 57 años que parece mayor que la abuela Áurea, lleva 15 días sin ir al baño y tiene tres bultos en el estómago. No tienen dinero y la ambulancia cuesta 1.000 gourdes. Me explica que eso es sólo el transporte, y que allí, a diferencia de en este centro, primero pagan y después se les atiende. Aquí el problema de solvencia tiene lugar después de que los enfermos están atendidos y las medicinas administradas. La caridad soluciona el problema.
Mientras Helena y Basilia tratan el tema de la mujer y su transporte, llega una niña de ocho años deshidratada. Cólera. De pronto estamos todos habilitando el pabellón para aislar a la enferma sin poner en peligro al resto de pacientes. A la izquierda del centro hay una especie de cobertizo sin puerta, un galpón con camas. Cinco camas de madera.
Helena, Basilia y yo dábamos la vuelta a las camas y las organizamos en el espacio rectangular mientras la doctora inyectaba suero a la niña. El cólera nunca ataca a una sola persona y era necesario preparar el lugar para los potenciales pacientes de la posible epidemia.
Cuando volteamos las camillas veo que se trata de una tabla de madera con un agujero en medio, el cólera produce fuertes diarreas y vómitos. Limpiamos las camillas y colocamos unas sábanas que respetaban el agujero de los camastros. Cuando me vi con un trapo frotando el plástico que recubría la madera hice serios esfuerzos para aparentar normalidad.
Corrí hasta la casa para buscar clorox, lo que nos serviría para desinfectar el suelo de la sala. La hermana Basilia se mostraba cariñosa y atenta con la niña, que gracias al efecto del suero parecía recuperar al menos el equilibrio.
Sería mediodía y la ambulancia seguía sin venir.
Fuimos a casa, comimos rápido y volvimos. Aproveché el momento de tranquilidad para organizar una lista de medicamentos en las que certifiqué las dificultades que tiene la gente para pagarlos y el sobre esfuerzo que hace este centro para mantenerse.
Una vez terminada la lista volví al ordenador y releí lo que estaba escribiendo antes de que el aluvión de problemas arreciase, como una lluvia mala, sobre el centro.
Cuando fuimos a visitar a la niña, su padre borracho estaba tumbado en la camilla de al lado. Cantaba a gritos. Su olor a alcohol impregnaba la sala, ahora protegida de lluvia y sol por una lona azul de Unicef. Helena reprobó su conducta y Basilia terminó por echarlo.
Son las 16.52 de la tarde y la ambulancia sigue sin venir.
Son las 16.52 de la tarde y la ambulancia sigue sin venir.
Entre tanto, 30 personas sentadas esperando constataron que, pase lo que pase, en Arreguy sigue siendo martes. Y martes quiere decir arroz.
sábado, 8 de noviembre de 2014
Aquí y Haití
El ritmo se acompasa detrás de este fuerte verde. Los latidos proponen una nueva percusión. El tempo aminora con alevosía y suavidad. Los graves retumban en el pecho como una onda expansiva azul eléctrico. Los agudos tampoco son estridentes y la asonancia es melódica y luminosa.
Crujen los huesos, gimen los grillos y los gallos se alborotan sin atender a las auroras. Los aguacates se caen de los árboles con un sonido hueco, casi onomatopéyico, preludio de qué habrá para desayunar. El agua inunda los poros y las niñas de los ojos. La sal se sedimenta en los desniveles de la carretera y de la vida. Las heridas de rascarme la piel cicatrizan con agua de mar y el sol se derrite, naranja incandescente, sobre olas turquesa. Un filtro rosáceo endulza la postal.
El día amanece vital con Lorenzo y se acuesta tibio con Catalina. Nadie tiene nada que decir a eso. Buenos días, buenas noches. Hay veces que el guión exige ver y escuchar.
Esta canción no tiene letra porque ante una melodía como ésta no se puede decir nada.
Crujen los huesos, gimen los grillos y los gallos se alborotan sin atender a las auroras. Los aguacates se caen de los árboles con un sonido hueco, casi onomatopéyico, preludio de qué habrá para desayunar. El agua inunda los poros y las niñas de los ojos. La sal se sedimenta en los desniveles de la carretera y de la vida. Las heridas de rascarme la piel cicatrizan con agua de mar y el sol se derrite, naranja incandescente, sobre olas turquesa. Un filtro rosáceo endulza la postal.
El día amanece vital con Lorenzo y se acuesta tibio con Catalina. Nadie tiene nada que decir a eso. Buenos días, buenas noches. Hay veces que el guión exige ver y escuchar.
Esta canción no tiene letra porque ante una melodía como ésta no se puede decir nada.
martes, 4 de noviembre de 2014
El hambre a hombros
Cada martes treinta personas caminan durante horas para recoger el saco de arroz que Cáritas les proporciona en Areguy
lunes, 3 de noviembre de 2014
Comme Il Faut
Cambié las máquinas expendedoras por travesías en verde. Tres días sin tabaco y 20 gourdes en la cartera.
Areguy es una aldea pequeña diseminada a lo largo de la montaña. Las casas son chabolas de madera pintada salpicadas entre la vegetación. Los senderos se han formado a base de recorrerlos y serpentean las laderas de la montaña con una estrechez que exige filas indias. Hay un camino más ancho que conecta la ciudad de Jacmel con Areguy. Uno sabe que llegó a Areguy cuando ve una fuente, una iglesia o deja a mano izquierda la casa donde vivo. Su sombra resguarda del calor a muchos vecinos durante el día. La gran vía desemboca en un rio donde anteayer vi bañarse mujeres, burros, motos y niños.
Salí de casa y comencé a caminar sin rumbo por la calle empedrada, me parecía imposible encontrar tabaco sin tener que bajar a Jacmel. No hay ningún establecimiento y lo más parecido es un tenderete hecho de cuatro palos amarrados con cuerda y tres placas de uralita que protegen del sol algunos refrescos apoyados en una tinaja.
Dos chicos me miran y deducen que necesito ayuda. Me preguntan si pueden ayudarme con una servicialidad que me sigue sorprendiendo. Les explico que quiero comprar tabaco y me siento bastante ridícula preguntando por cigarros en este sitio. Uno de ellos me dice que le de el dinero y que él mismo lo comprará para mí. Le contesto que prefiero acompañarlo para conocer dónde se produce el milagro. Lo acompaño y nos perdemos entre la vegetación que es alta y espesa. Los habitantes de Areguy se esconden en grupos de tres o cuatro casas ocultas detrás de bananeros y árboles de Kenepa. Lo sigo por los caminos estrechos y angostos hasta un claro con tres casas. Los hombres sentados en el porche nos dan los buenos días y respondo con una sonrisa que, desaforturnadamente se pareció más a una reverencia. Estoy entrando en su poblado y no consigo no sentirme una intrusa. El sentimiento se esfuma cuando uno de ellos me llama María. Alguien le habría hablado de la nueva visita.
El chico entra en una de las casas y le explica a la señora mayor y encorvada que quiero tabaco. Lleva el pelo recogido en un moño trenzado y me sonríe contenta. Aquí todos me sonríen contentos. Cada cigarro vale 5 gourdas. Compro cuatro y le doy las gracias en creol. Dejando atrás las casas, el chico me explica que es tabaco haitiano, comme il faut (como debe ser). Contesto que por supuesto, que ya probé el café haitiano y está mucho más rico que el que hay en mi país y que seguro que pasa lo mismo con los cigarros. Desconfío de la segunda parte de mi afirmación.
Llego a la casa y me siento en el borde del lavadero. Corre la brisa y hay sombra. Enciendo el cigarro con intriga, deseando que no sea tabaco negro. Es mentolado y me río. Todo me da risa aquí. Cuando veo las letras verdes que destacan sobre el papel blanco leo Comme Il Faut. Eso me hace más gracia todavía. Claro que si, como debe ser.
Areguy es una aldea pequeña diseminada a lo largo de la montaña. Las casas son chabolas de madera pintada salpicadas entre la vegetación. Los senderos se han formado a base de recorrerlos y serpentean las laderas de la montaña con una estrechez que exige filas indias. Hay un camino más ancho que conecta la ciudad de Jacmel con Areguy. Uno sabe que llegó a Areguy cuando ve una fuente, una iglesia o deja a mano izquierda la casa donde vivo. Su sombra resguarda del calor a muchos vecinos durante el día. La gran vía desemboca en un rio donde anteayer vi bañarse mujeres, burros, motos y niños.
Salí de casa y comencé a caminar sin rumbo por la calle empedrada, me parecía imposible encontrar tabaco sin tener que bajar a Jacmel. No hay ningún establecimiento y lo más parecido es un tenderete hecho de cuatro palos amarrados con cuerda y tres placas de uralita que protegen del sol algunos refrescos apoyados en una tinaja.
Dos chicos me miran y deducen que necesito ayuda. Me preguntan si pueden ayudarme con una servicialidad que me sigue sorprendiendo. Les explico que quiero comprar tabaco y me siento bastante ridícula preguntando por cigarros en este sitio. Uno de ellos me dice que le de el dinero y que él mismo lo comprará para mí. Le contesto que prefiero acompañarlo para conocer dónde se produce el milagro. Lo acompaño y nos perdemos entre la vegetación que es alta y espesa. Los habitantes de Areguy se esconden en grupos de tres o cuatro casas ocultas detrás de bananeros y árboles de Kenepa. Lo sigo por los caminos estrechos y angostos hasta un claro con tres casas. Los hombres sentados en el porche nos dan los buenos días y respondo con una sonrisa que, desaforturnadamente se pareció más a una reverencia. Estoy entrando en su poblado y no consigo no sentirme una intrusa. El sentimiento se esfuma cuando uno de ellos me llama María. Alguien le habría hablado de la nueva visita.
El chico entra en una de las casas y le explica a la señora mayor y encorvada que quiero tabaco. Lleva el pelo recogido en un moño trenzado y me sonríe contenta. Aquí todos me sonríen contentos. Cada cigarro vale 5 gourdas. Compro cuatro y le doy las gracias en creol. Dejando atrás las casas, el chico me explica que es tabaco haitiano, comme il faut (como debe ser). Contesto que por supuesto, que ya probé el café haitiano y está mucho más rico que el que hay en mi país y que seguro que pasa lo mismo con los cigarros. Desconfío de la segunda parte de mi afirmación.
Llego a la casa y me siento en el borde del lavadero. Corre la brisa y hay sombra. Enciendo el cigarro con intriga, deseando que no sea tabaco negro. Es mentolado y me río. Todo me da risa aquí. Cuando veo las letras verdes que destacan sobre el papel blanco leo Comme Il Faut. Eso me hace más gracia todavía. Claro que si, como debe ser.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)








