viernes, 19 de diciembre de 2014

Claroscuro

La diferencia no puede ser una amenaza. Me gustan las amalgamas, las bitácoras, los híbridos y el mestizaje. En la Escuela de Atenas, señalando el cielo, Platón hablaba del alma tripartita, caballo alado, caballo bueno, caballo malo. Aristóteles señalaba el suelo y habría aplaudido esa teoría que atribuye los 21 gramos que perdemos al morir al peso liberado en el último exhalo. No a un caballo alado elevándose, divino e inmortal.

En la escuela de la vida somos tierra, no agua y aceite. Aquí, ahí o en Haití.



viernes, 12 de diciembre de 2014

10 de Diciembre

Nadie paga las medicinas, mwe pa gen cob. No tengo dinero. Niños anémicos y bebés malnutridos. La hermana Basilia sale de la farmacia y pregunta en el patio quién tose tan fuerte. La doctora que atiende en la sala contigua le ha recetado robitussin, amoxicillina y paracetamol. Tiene 10 gourdes, más o menos 15 céntimos.

-¿Dónde está mama?
-Enferma en casa.
-¿Y papá?
-Murió.

Una madre trae una niña preciosa de tres meses con neumonía que me concede el capricho de dejar de llorar cuando la cojo en brazos. Otro niño llegó con cardenales, no hablaba y tenía la mirada perdida. No reaccionaba a nada, mejor dicho. La espalda magullada y los brazos hinchados, le costaba andar. Su padre le pegó una paliza por haber perdido la tarjeta del móvil que le había dado para cargar en la escuela. Llamaron a la policía y a protección del menor. Todo Arreguy estaba en el centro y a Basilia le quedaban fuerzas para el humor. “¿Todos enfermos?. Basilia sabe hacer las cosas y tiene la astucia de vigilar lo más mínimo y la delicadeza de analizar mis reacciones con el rabillo del ojo. El centro era un hervidero, el sol barnizaba el día con un pringue pegajoso y la jornada estaba siendo complicada. Me senté en la silla de la farmacia y entonces pasó el laboratorista (único hombre del centro y primero en decorar con papeles y globos su cubículo) escuchando un villancico en su móvil polifónico. Me entró la risa. Qué ironía es todo. 

A las doce de la noche nació un niño. Lo tuve en mis manos y pensé su fragilidad y su inocencia. Era un bebé bonito, grande y sano. 

Anteayer fue el día que pasó todo esto y fue también el Día Mundial de los Derechos Humanos, me lo recordó un e-mail de Amnistía Internacional que me repite lo buena que soy y lo útil que me convierte estar inscrita a su newsletter. Ayer la anciana del pañuelo en la cabeza y los cigarrillos me regaló el quinto para que lo fumase con ella en Betania. Hoy Millás publica en El País un cuento sobre las torturas, las cárceles y la contribución al orden. Me pregunto si este año también se habrán adelantado las rebajas navideñas en H&M.

Perdón, pero estuve enfadada.

viernes, 5 de diciembre de 2014

Filmar lo que da pudor mirar

Las mejores fotos serán aquellas que no me atrevo a hacer. Me resulta imposible filmar aquello que da pudor incluso mirar. La pobreza extrema está desnuda y mal nutrida, eso no le quita los escrúpulos y parece que no le gustan las cámaras. La miseria no se pone guapa ni tiene lado bueno. Y supongo que si, he necesitado sentir esa vergüenza para calibrar hasta qué punto es atroz lo que estoy acostumbrada a ver. Escondo la cámara en la mochila siempre que puedo. La cámara y más cosas. Ahora me pregunto más que antes quién habrá apretado el disparador de miles de fotos que se me vienen a la cabeza, quién habrá hecho saltar el flash de su cámara delante de un niño famélico (porque a esas fotos no les gusta retratar sino los clichés) que hasta entonces no conocía otra luz que la del sol.

Me supongo periodista (en realidad no) y graduada en Comunicación Audiovisual, y antes que todo eso una persona. También me pregunto en qué momento se alteran estas suposiciones y a los periodistas se les cae, cual cordón umbilical, el atributo de persona que los mantenía en contacto con la noción de humanidad. Me quedaré a vivir eternamente en el paso anterior. Es difícil hacer ciertas fotos a pesar del valor potencial que puedan tener: movilizar una conciencia, desarmar un argumento capitalista, neocolonialista, injusto, rastrero...  Nos lo dijeron en la uni y nos lo repiten en los medios. La teoría de Zillmann y Bryant que explica la atracción de las audiencias por el morbo, la espectacularización informativa, la sociedad de pantomima y circo, la estupidez globalizada, a todo color y en portada. Nos lo sabemos de memoria y es tan verdad que volver a pensarlo me produce un aburrimiento terrible. (Adriana, amiga mía, mira en quién me he convertido).

Hoy solo quería comentar que estoy viendo muchas cosas que no me atrevo a fotografiar, no por la vida posterior de esas fotografías, que además sería corta y restringida, sino por quien tengo en frente. Algo así como respeto. No quiero buscar el mejor encuadre de una realidad que te golpea como un puñetazo en la boca del estómago solo con mirarla. Hay otras maneras de transmitir la escasez y pretender el cambio; y si no las hay que alguien me toque otro vals que yo éste no lo bailo.

Que yo empecé escribiendo por algo que vi, pero consideré demasiado intrusivo sacar la cámara encuadrar, enfocar y retratarlo. Sin embargo he acabado por cantarle a todo el sufrimiento que escapa a las garras afiladas de la foto estrella, atrincherado en su personal e intransferible miseria.

Mediodía en Jacmel. Una anciana lava su pelo afro y gris en una tinaja naranja. Debe dedicarse al carbón porque el porche de la casa, su piel, su pelo, sus pies, su marido y su tinaja estaban cubiertos de un espesísimo hollín negro. Hay escombros, huellas y grietas del terremoto amontonadas en las esquinas y en las vigas desnudas. La mujer es mayor y está de cuclillas lavando el pelo en la tinaja. Sus senos flácidos cuelgan revelando el exuberante pasado de su dueña. Todo tiene algo tétrico en esta poesía. Su marido, torso al sol, está apoyado en una barandilla de metal con las piernas cruzadas y fuma en pipa. Tiene una boina rota y negra. La mujer sólo está tapada por una tela que algún día fue de algún color parecido al blanco, igual que las paredes. Rayadas sobre la pintura se leen diferentes inscripciones: AFRICA LYBRE, 24-6-2007, una cruz y varios dibujos. Siento un deseo enorme de subir las tres escaleras y hablar con esa pareja, de sentarme en el suelo y beber café, aplicarme sus ungüentos, lavarme el pelo, invocar a sus ancestros, comprar carbón o repasar con cualquier objeto punzante ese AFRICA LYBRE, qué sé yo.

viernes, 28 de noviembre de 2014

De santería y escapulario

Los rituales africanos centellean en las pupilas, azuzados por los latidos del corazón mientras se santiguan ante el Santísimo sacramentado con la devoción de una clarisa.

La fuerza que tiene la creencia vudú estriba en las raíces africanas del pueblo haitiano, que llegó maniatado y enmudecido a las américas, en manos de los colonos europeos. La religión vudú nace en África occidental y se atrinchera en los corazones de sus pueblos, navegando escondida en las bodegas de los barcos que cruzaban el océano y durmiendo en el suelo.

El vudú adora a los espíritus que interceden por los humanos ante Bondye, llamados loas. Bondye es la entidad sobrenatural última y entre sus ocupaciones no está la de atender los problemas humanos.  Por medio de danzas, sacrificios y rituales, los practicantes del vudú entran en contacto con sus ancestros y con los loas, que protegen y vigilan aspectos concretos de la vida humana. Son el ejército de intermediarios entre las personas y Bondye.

Esta religión es símbolo inequívoco de liberación para el pueblo haitiano. Los líderes de la revolución que libraron contra los colonos franceses en el siglo XVII, se encomendaban a prácticas vudú antes de las batallas y encontraban en los ancestros invocados en sus rituales la fuerza para librar con éxito los sangrientos combates.

El 14 de agosto  de 1791 el sacerdote Boukman celebró un histórico ritual vudú en Bois-Cayman que alentó a los combatientes para dar comienzo a la guerra de la libertad. Los loas del vudú fueron el catalizador del proceso revolucionario que terminaría trece años después con la instauración de la primera república formada por esclavos negros liberados.

El vudú bebe de las creencias mágicas de estos esclavos, aderezadas con el cristianismo impuesto por los colonialistas y algo del politeísmo celta vivo hasta entonces. Del contacto con las prácticas cristianas, que llegaron en el mismo atado que las lenguas latinas o el caballo, los practicantes vudú acogieron sincréticamente nuevos elementos de la liturgia católica y la aplicaron con disimulo a sus rituales. El resultado fue una curiosa connivencia. Revistieron a sus loas con túnicas de santo y les cambiaron el nombre. Damballah pasó a ser San Pedro o Ezulie Freda fue llamada desde entonces Virgen María. Los haitianos hicieron coincidir sus días señalados con festividades católicas para poder venerar a sus espíritus sin faltar a la cita obligada con las ceremonias religiosas traídas por los blancos.

Actualmente el 40% de la población sigue practicando el vudú mientras que el 60% ha resuelto el fervor del alma con el Dios cristiano. Los porcentajes no hablan de la gente que comulga con ambas religiones saciando las sedes del espíritu con paz evangélica. Pues lo que no les da una religión, lo encuentran en la otra.

Por la noche se pintan la cara de colores, bailan, beben licores y son habitados por espíritus del más allá; por la mañana, vestidos con sus mejores galas, acuden a la cita para rezar al Cristo muerto en la cruz con sincera devoción.

martes, 25 de noviembre de 2014

¡Qué alegría, qué buen día!


Desayuné mantequilla de cacahuete, hablé con las señoras del mercado, tuve algún pensamiento tan fugaz como clarividente y un vecino consiguió una batería con la que hizo funcionar dos grandes altavoces. La mañana de Arreguy disfrutó de una festiva banda sonora a elevados decibelios.

Tres chicos han compuesto una canción. Rap melódico y culto a Madre Tierra. Todos la conocemos y sonó varias veces entre la clara hegemonía de ritmos latinos. Me alegró la mañana y bailé a pleno sol con Madame Merest, la mujer que ayuda en casa. Ambas nos reíamos al darnos cuenta de cuánto nos había influido en el ánimo un poco de música.

Pasado el éxtasis de las primeras canciones me senté al sol para disfrutar de la mañana más tranquilamente (sin dejar de sacudir de vez en cuando los hombros para subrayar mi conformidad con el aderezo musical que condimentaba el día) y saboree la deliciosa atemporalidad que se suspende en la simple observación del presente. No lo pensé, ni tampoco lo proyecté. Tan solo cedí emocionada a que se desarrollase delante de mí y lo disfruté como el espectador que salta y aplaude divertido en la butaca del teatro. Atendí al ritmo del tiempo, al juego de luces y sombras que provoca el viaje de las nubes. Experimenté la calidez cuando la nube se va y  la frescura cuando otra ocupa su lugar. Comí plátano frito recién hecho.

Hoy, sin más que decir, me acuesto con una sonrisa amplia y sincera.

Haití me invitó a ser la segunda voz de las melodías que habitan la selva.
La selva de las cosas que pasan.




sábado, 22 de noviembre de 2014

Hoy bailé con ayer

- Me sorprende que hablen tan bajo. Todos hablan así, niños y mayores...

- Es por su historia. Fueron esclavos mucho tiempo, tenían que hablar sin que se les oyese y moverse con sigilo. ¿No te fijaste cómo bailan? A pesar de sus raíces africanas, la danza es muy diferente. No saltan ni se vuelven locos como el resto de los africanos, nacemos bailando. Ellos lo hacen sin moverse demasiado, han bailado mucho tiempo con las manos atadas, y muchas veces incluso con los pies. Es la seña que les dejó el pasado.

Su delicadeza exquisita en la pose. Su tono de voz cercano al susurro. Su forma de caminar, con la levedad de un alma furtiva. Cómo se sientan. Su historia se ha filtrado en la sangre, obviando las impermeabilidades de la piel y desoyendo cualquier cántico a la libertad.

Hoy bailé con ayer y me agarró de la cintura.
Hoy bailé con ayer y me sujetó las manos con el índice y el pulgar, como si quemasen.
Hoy bailé con ayer porque mañana no me invita a bailar.

jueves, 20 de noviembre de 2014

Una regaliz y dos moras negras

Cuando éramos pequeños mamá siempre nos regalaba postales. Viajábamos a Palas, por ejemplo, y decía:  Mirad a la izquierda, os regalo una postal. Los tres deberíamos tener la mayor colección de postales del mundo si la memoria no fuese tan traicionera. Atardeceres enmarcados en la ventanilla del coche, cielos estrellados, cascadas que caen sobre las montañas abruptas como velos de novias, paisajes ocres de otoño o fuertes oleajes robándole a las rocas, grano a grano, lo que el  mar considera que es suyo.

Pasaron los años y mamá cambió las postales por frases de libros. Como a una mariposa asustada, encierra la frase entre sus manos de sabía, hasta que la libera, leyéndola en voz alta. Cierra el libro y vuela la mariposa aleteando en el aire, describiendo el universo narrativo con su estela de luz. Después me toca a mí, y como arpones lanzo las afirmaciones categóricas que tan poco le gustan. No estoy de acuerdo. Pues vaya mierda o es perfecto.

Mamá nos ha enseñado a muchas cosas y nos ha regalado casi siempre el beneficio de la última palabra. Cuando les dije a papá y a ella que quería estudiar en Madrid el sí vino empaquetado dentro de dos grandes maletas. Hablé de Bosnia y llegó a París con El Violonchelista de Sarajevo, pronuncié por descuido la palabra Haití y sólo hizo falta un pues harás bien para tener el billete comprado.

No podré echarle jamás la culpa de que yo no sea porque siempre me ha permitido ser y además es conmigo, celebrando mis alegrías y sufriendo las piedras en mis zapatos.

Tengo suerte, tenemos mucha suerte.

Feliz cumpleaños, mamá.

miércoles, 19 de noviembre de 2014

Las cosas aquí tienen colores imposibles

Las cosas aquí tienen colores imposibles. 

Los tallos de las espinacas son fucsias. El café molido lanza minúsculos destellos brillantes porque los haitianos lo preparan antes con azúcar quemado y canela. Las hojas de los plataneros son enormes y de un verde irredimible. El mar es la paleta turquesa de un pintor monocromático. La piel parece chocolate. Los aguacates juegan con verdes y amarillos. Parece que ni la oscuridad apagaría la fuerza de sus tonos. Los mangos naranja brillante. El cielo es azul y a veces, lo rasgan alargadas nubes blancas que al atardecer se vuelven rosas, luego naranjas. Apagan el día  ahogadas en un negro infinito. Las noches se visten de largo. Negro profundo y miles de vibrantes lentejuelas. Las mañanas tienen tanta luz que las pupilas son minúsculas y burbujean en el iris mirando aquí y allá.

Menos mal que esta tierra se pinta con los más vivos colores. Un invierno gris sería imposible. Demasiado. Me han contado que los haitianos nunca pierden la fe, que siembran año tras año a pesar de que nunca lleguen a recoger las cosechas. Siembran en tierra seca, en tierra encharcada, sobre las piedras. Siembran, siembran y siembran. Un día recogen y entonces, todo el resto mereció la pena. 

Presiento que en las ecuaciones que subyacen al saber humano, en el intelecto de la Madre Tierra, hay una operación matemática que relaciona directamente la esperanza de esta gente y los colores que cada día pintan la jornada. Una inyección de luz y vida indispensable. 

martes, 18 de noviembre de 2014

18 de noviembre: La libertad era poesía negra

Haití, 18 de noviembre de 1803. Se libra la batalla de Vertières entre las fuerzas expedicionarias francesas y los esclavos negros deportados a Haití. Los esclavos levantan las armas exigiendo su libertad. El líder del ejército haitiano, Jean Jacques Dessalines, cae al suelo. Cuando todos creían que había muerto se levanta y continúa luchando. El comandante del ejército francés, Donatien de Rochambeau, proclama unos segundos de alto al fuego para comunicarle al máximo jefe del ejercito contrario que se manchó el uniforme en la caída.

El niño se limpia rápidamente y continúa la representación de su historia. De la historia que les cuenta cómo los esclavos africanos, ancestros recordados con orgullo y misticismo, que fueron transportados a Haití para trabajar tierras de café y azúcar, proclamaron su libertad imponiéndose como la primera república del mundo gobernada por esclavos negros liberados.

Es fiesta en Haití y anoche los tambores sonaron hasta el amanecer, los haitianos celebran con licores y el ritmo de tam tam la liberación de su color. Obligados a defender un país que no era el suyo, acogieron la herencia de una tierra huérfana y estéril. Los indios que la habitaban antes del desembarco francés cayeron uno a uno, rendidos ante un colonialismo agresivo y postrados de rodillas a la esclavitud salvaje que acabó con los indígenas. Haití fue repoblado con esclavos africanos,muchos de ellos enfermos o heridos, los otros convertidos ya para siempre en máquinas para trabajar la tierra y morir desfallecidos.

Es imposible hablar de capitalismo sin contemplar las repercusiones que tuvo la esclavitud en su consecución. El tráfico de compra venta de seres humanos apuntaló una estrecha relación entre el continente europeo, el americano y el africano. La explotación humana reportaba amplios beneficios. La producción de café o azúcar haitiana suponía más del 30% de las importaciones francesas e inglesas. El lastre de esta connivencia desigual perdura hasta hoy como línea divisoria de dos culturas contrapuestas en el inestable tablero de las revoluciones: la cultura de la explotación y la de la resistencia.

Los haitianos celebran hoy la victoria de una sangrante batalla. Sin embargo el cántico a la libertad es disonante y cojea. Encarcelados en una isla que produce más bien poco y sobrevive gracias a una solidaridad internacional que en otro tiempo los esclavizó, no se puede gritar a los cuatro vientos la palabra libertad. Las cicatrices siguen tatuadas en su costados y continúan determinando el producto interior bruto del país, el trabajo de sus gentes o el número de comidas diarias, si las hay.

¡Arrancad de raíz conmigo el árbol de la esclavitud! Pronunciaba el general Toussaint Loverture antes de comenzar cada batalla con fervorosa sed de libertad. Cuando lo mataron pensaban que solo se había talado el tronco del árbol de la libertad pero sus raíces ya eran muchas y muy profundas. Los cultivos no se dan en tierra seca y 210 primaveras más tarde estas raíces siguen buscando el agua que quite la sed a un pueblo deshidratado.

Aquel noviembre que iluminó los ojos y los corazones de los esclavos fue poesía. Los haitianos siguen buscando el camino que desemboca en su redención. Ríos secos. La libertad acotada a una isla con hambre, dolor, sed y resignación como puntos cardinales.

La brisa trae tambores y hace sol en Haití.

martes, 11 de noviembre de 2014

Lluvia y cólera a un tiempo


La lluvia se anuncia desde lejos con el ruido de quien sacude una alfombra densa e infinita. Después llega el agua, que es tibia y aviva todos los olores atenuados por el calor de la tierra.

Las gotas son gruesas y robustas, caen rectilíneas y rotundas sobre los tejados de uralita que sustituyeron al ladrillo después del terremoto. La lluvia riega los campos y desborda los ríos al compás metálico y acelerado de las gotas estallando contra el aluminio.

Las casas lloran agua coloreada, su madera pintada sufre la acción de los elementos aplicada con el tosco cincel del tiempo. Las esquinas decoloradas desvelan la madera desnuda y avergonzada como ese hombre que, sin tiempo de ducharse, opta por el perfume y recula dos pasos en el momento del saludo.

La lluvia es vida y muerte en Haití. Los cultivos se secan o se ahogan. La lluvia no llega o lo arrampla todo a su paso airado y mortecino. En el mismo día oigo maldecir la lluvia a unos y ansiarla fervorosamente a otros.

La lluvia es santa y maldita desde su misma indeterminación. La lluvia es esa niña que llora con el semblante impertérrito dejando al albedrío del resto si es de pena o alegría. 

Y AHORA, ¿QUÉ?

Estaba corrigiendo esta entrada cuando llega la hermana Basilia, enfermera del centro de salud donde cargo el ordenador y me conecto a Internet, para decirme que hay que derivar a una paciente al hospital de Jacmel. Se trata de una enferma de 57 años que parece mayor que la abuela Áurea, lleva 15 días sin ir al baño y tiene tres bultos en el estómago. No tienen dinero y la ambulancia cuesta 1.000 gourdes. Me explica que eso es sólo el transporte, y que allí, a diferencia de en este centro, primero pagan y después se les atiende. Aquí el problema de solvencia tiene lugar después de que los enfermos están atendidos y las medicinas administradas. La caridad soluciona el problema.

Mientras Helena y Basilia tratan el tema de la mujer y su transporte, llega una niña de ocho años deshidratada. Cólera. De pronto estamos todos habilitando el pabellón para aislar a la enferma sin poner en peligro al resto de pacientes. A la izquierda del centro hay una especie de cobertizo sin puerta, un galpón con camas. Cinco camas de madera.

Helena, Basilia y yo dábamos la vuelta a las camas y las organizamos en el espacio rectangular mientras la doctora inyectaba suero a la niña. El cólera nunca ataca a una sola persona y era necesario preparar el lugar para los potenciales pacientes de la posible epidemia.

Cuando volteamos las camillas veo que se trata de una tabla de madera con un agujero en medio, el cólera produce fuertes diarreas y vómitos. Limpiamos las camillas y colocamos unas sábanas que respetaban el agujero de los camastros. Cuando me vi con un trapo frotando el plástico que recubría la madera hice serios esfuerzos para aparentar normalidad. 

Corrí hasta la casa para buscar clorox, lo que nos serviría para desinfectar el suelo de la sala. La hermana Basilia se mostraba cariñosa y atenta con la niña, que gracias al efecto del suero parecía recuperar al menos el equilibrio.

Sería mediodía y la ambulancia seguía sin venir.

Fuimos a casa, comimos rápido y volvimos. Aproveché el momento de tranquilidad para organizar una lista de medicamentos en las que certifiqué las dificultades que tiene la gente para pagarlos y el sobre esfuerzo que hace este centro para mantenerse. 

Una vez terminada la lista volví al ordenador y releí lo que estaba escribiendo antes de que el aluvión de problemas arreciase, como una lluvia mala, sobre el centro.

Cuando fuimos a visitar a la niña, su padre borracho estaba tumbado en la camilla de al lado. Cantaba a gritos. Su olor a alcohol impregnaba la sala, ahora protegida de lluvia y sol por una lona azul de Unicef. Helena reprobó su conducta y Basilia terminó por echarlo.

Son las 16.52 de la tarde y la ambulancia sigue sin venir. 

Entre tanto, 30 personas sentadas esperando constataron que, pase lo que pase, en Arreguy sigue siendo martes. Y martes quiere decir arroz.


sábado, 8 de noviembre de 2014

Aquí y Haití

El ritmo se acompasa detrás de este fuerte verde. Los latidos proponen una nueva percusión. El tempo aminora con alevosía y suavidad. Los graves retumban en el pecho como una onda expansiva azul eléctrico. Los agudos tampoco son estridentes y la asonancia es melódica y luminosa.

Crujen los huesos, gimen los grillos y los gallos se alborotan sin atender a las auroras. Los aguacates se caen de los árboles con un sonido hueco, casi onomatopéyico, preludio de qué habrá para desayunar. El agua inunda los poros y las niñas de los ojos. La sal se sedimenta en los desniveles de la carretera y de la vida. Las heridas de rascarme la piel cicatrizan con agua de mar y el sol se derrite, naranja incandescente, sobre olas turquesa. Un filtro rosáceo endulza la postal.

El día amanece vital con Lorenzo y se acuesta tibio con Catalina. Nadie tiene nada que decir a eso. Buenos días, buenas noches. Hay veces que el guión exige ver y escuchar.

Esta canción no tiene letra porque ante una melodía como ésta no se puede decir nada.







martes, 4 de noviembre de 2014

El hambre a hombros

Cada martes treinta personas caminan durante horas para recoger el saco de arroz que Cáritas les proporciona en Areguy



lunes, 3 de noviembre de 2014

Comme Il Faut

Cambié las máquinas expendedoras por travesías en verde. Tres días sin tabaco y 20 gourdes en la cartera.


Areguy es una aldea pequeña diseminada a lo largo de la montaña. Las casas son chabolas de madera pintada salpicadas entre la vegetación. Los senderos se han formado a base de recorrerlos y  serpentean las laderas de la montaña con una estrechez que exige filas indias. Hay un camino más ancho que conecta la ciudad de Jacmel con Areguy. Uno sabe que llegó a Areguy cuando ve una fuente, una iglesia o deja a mano izquierda la casa donde vivo. Su sombra resguarda del calor  a muchos vecinos durante el día. La gran vía desemboca en un rio donde anteayer vi bañarse mujeres, burros, motos y niños.

Salí de casa  y comencé a caminar sin rumbo por la calle empedrada, me parecía imposible encontrar tabaco sin tener que bajar a Jacmel. No hay ningún establecimiento y lo más parecido es un tenderete hecho de cuatro palos amarrados con cuerda y tres placas de uralita que protegen del sol algunos refrescos apoyados en una tinaja.

Dos chicos me miran y deducen que necesito ayuda. Me preguntan si pueden ayudarme con una servicialidad que me sigue sorprendiendo. Les explico que quiero comprar tabaco y me siento bastante ridícula preguntando por cigarros en este sitio. Uno de ellos me dice que le de el dinero y  que él mismo lo comprará para mí. Le contesto que prefiero acompañarlo para conocer dónde se produce el milagro. Lo acompaño y nos perdemos entre la vegetación que es alta y espesa. Los habitantes de Areguy se esconden en grupos de tres o cuatro casas ocultas detrás de bananeros y árboles de Kenepa. Lo sigo por los caminos estrechos y angostos hasta un claro con tres casas. Los hombres sentados en el porche nos dan los buenos días y respondo con una sonrisa que, desaforturnadamente se pareció más a una reverencia. Estoy entrando en su poblado y no consigo no sentirme una intrusa. El sentimiento se esfuma cuando uno de ellos me llama María. Alguien le habría hablado de la nueva visita.

El chico entra en una de las casas y le explica a la señora mayor y encorvada que quiero tabaco. Lleva el pelo recogido en un moño trenzado y me sonríe contenta. Aquí todos me sonríen contentos. Cada cigarro vale 5 gourdas. Compro cuatro y le doy las gracias en creol. Dejando atrás las casas, el chico me explica que es tabaco haitiano, comme il faut (como debe ser). Contesto que por supuesto, que ya probé el café haitiano y está mucho más rico que el que hay en mi país y que seguro que pasa lo mismo con los cigarros. Desconfío de la segunda parte de mi afirmación.

Llego a la casa y me siento en el borde del lavadero. Corre la brisa y hay sombra. Enciendo el cigarro con intriga, deseando que no sea tabaco negro. Es mentolado y me río. Todo me da risa aquí. Cuando veo las letras verdes que destacan sobre el papel blanco leo Comme Il Faut. Eso me hace más gracia todavía. Claro que si, como debe ser.

viernes, 31 de octubre de 2014

Arroz para cenar

Hay un hombre sentado en ese despacho, repeinado y respondiendo a infinidad de clichés. Está recostado en una butaca de cuero negra que ronronea cuando se inclina hacia atrás. El suelo del despacho es de cristal y debajo está lo que desde aquí se ve y se vive en horizontal.

Una niña con apenas siete años tira de un burro famélico y cargado, cargadísimo. Se le acercan un niño y otra niña y le enseñan algo que esconden en las manos. Los tres ríen. Nadie oye lo que dicen. La risa del hombre trajeado suena más fuerte mientras revisa unos papeles y truena en Areguy. Los subsidios estatales en países desarrollados maquillan los dientes afilados y amarillos de las políticas más agresivas. La misma ayuda impide a los haitianos erigir cualquier industria arrocera. Competir con la gratuidad es imposible. 

Las presiones que el FMI ejerció en 1995 sobre Haití para que redujera los aranceles aplicados a las importaciones de arroz del 35% hasta el 3% provocaron un aumento del número de importaciones del 150%. Lo que implica que 3 de cada 4 platos del arroz consumido en Haití proviene de cultivos estadounidenses. La cooperativa agrícola estadounidense Riceland Foods vio aumentar sus ganancias por exportaciones en 123 millones de dólares entre el 1995 y 2003. La contrapartida fue la imposibilidad competitiva de los 50.000 agricultores haitianos dedicados a la industria arrocera. Cabe señalar que la industria haitiana era primitiva, enmarcada en una agricultura de auto-abastecimiento que vende en el mayor de los casos los excedentes.

La liberalización comercial de Haití, que consistió en la eliminación casi total de las barreras al comercio exterior, pasó por la reducción de los aranceles aduaneros a la importación con tarifas del 2,9% en 2003 según números facilitados por la OMC. Esta reducción convierte a Haití, país que necesita del proteccionismo comercial dada la precariedad de todas sus industrias, uno de los más abiertos y liberalizados del mundo.

El impacto de esta liberalización en el sector arrocero se aprecia en indicadores económicos como la producción arrocera, el número de importaciones, el consumo de arroz, los precios, el empleo, los ingresos, las rentas del estado y el crecimiento económico. El coste de tener unos precios más bajos cuyas ganancias no se quedan y por lo tanto no contribuyen a activar su economía, implica directamente un descenso en el crecimiento económico, en el empleo y en los ingresos de la población.

Si bien es cierto que elevar los aranceles eleva a su vez el precio de los productos, es la única manera de que los productores del país salgan adelante. En Haití más de la mitad de la población vive de la tierra y con las exportaciones a precios tan bajos, este sector queda imposibilitado de comprar, de competir y por consiguiente de consumir.

El principal país beneficiado de esta eliminación de los aranceles fue Estados Unidos. La liberalización económica de Haití incrementó la dependencia del país con relación al exterior, y sobre todo a Estados Unidos. Por su parte, los productores estadounidenses reciben subsidios provenientes del estado que les permiten vender el arroz por un precio inferior al propio precio de producción. Esta práctica recibe el nombre de dumping y ahoga cualquier intento de supervivencia de la industria haitiana, que no cuenta con ningún apoyo estatal a nivel técnico o financiero.

El dumping supone una práctica abusiva cuya prohibición aliviaría algunas de las consecuencias más dramáticas del libre comercio en economías poco desarrolladas. A pesar de que no está prohibido la OMC lo considera condenable cuando daña duramente algún sector de la producción nacional del país importador.

El hecho de que las empresas arroceras estadounidenses hayan podido establecer un precio inferior a los costos de producción, elimina la competencia hatiana desterrándola de su propio tablero de juego con un jaque mate definitivo.

Así, a pesar de que a  Estados Unidos le cueste 412 dólares producir una tonelada de arroz, puede ser vendida a países arroceros en vías de desarrollo por 274 dólares, según apunta la agencia humanitaria OXFAM, promoviendo una injusta técnica de dumping que no hace sino empobrecer todavía más a estos países.

Tras décadas de importación barata desde los Estados Unidos la industria arrocera local prácticamente desapareció impidiendo así a Haití alimentarse por sus propios medios y aumentando el sentimiento de mendicidad del pueblo haitiano definitivamente dependiente de la solidaridad internacional para sobrevivir.

No hace tanto tiempo desde que la Comunidad Internacional admitió que la eliminación de los aranceles aduaneros solo contribuyó al aumento del hambre en Haití. Uno de los principales actores políticos que críticó esta política de liberalización fue Bill Clinton en un intento de redimir su culpa.   El ex presidente de los Estados Unidos pidió perdón públicamente por haber llevado con orgullo el estandarte de la supresión de las tarifas a arroz importado allá por el 1995. De cualquier forma, el mal ya está hecho.


El hombre se levanta satisfecho. Se lava las manos y la cara. Contento con su vida, su imagen y su país. Sentirse dueño de tantos posesivos le produce un agradable hormigueo de pies a manos. Llueve en Areguy.

La niña continúa por el camino, está anocheciendo y el barrizal en el que se ha convertido el camino endurece la vuelta a casa. Hoy no hay arroz para cenar.

jueves, 30 de octubre de 2014

Puerto Príncipe - Areguy

Había una clara diferencia en el avión. Parejas que reiteraban su amor viendo las películas con los cascos compartidos y una amalgama de personas que exaltaban el júbilo de volver a casa. Hace 13 años desde que mi compañero de vuelo se despidió de su familia en el aeropuerto haitiano Toussant-Louverture, nombre del principal dirigente de la Revolución hatiana. Viaja por tres semanas, estaba nervioso y decía que los estadounidenses seguían colonizándolos a día de hoy. Los haitianos hablaban unos con otros y se llamaban compatriotas. En aquel vuelo el amor aterrizaba en Santo Domingo y la expectación en Puerto Príncipe. Efectivamente hubo aplauso cuando el avión rozó la tierra.

Puerto Príncipe es la hipérbole del caos. Los coches comparten calle con tenderetes y niños que utilizan los mismos caminos para jugar al fútbol descalzos cambiando chanclas por porterías. La gente está en la calle y vende lo que tiene. Dos mangos, tres raíces de jengibre o un poco de carbón. El carbón es la primera fuente de energía de Haití. La contrapartida es una masa forestal que no llega al 1%. La acera se ocupaba por la basura y la gente sentada, a partes iguales. Los niños me saludaban desde la calle y la hermana Schola, por su parte, me dio la bienvenida con una gaseosa de Haití que paramos a comprar en la tienda de una gasolinera. El letrero de la puerta prohibía entrar con armas y me asusté un poco.

Por la mañana me desperté tranquila. Las monjas que me han dejado vivir con ellas procuran en todo momento que esté cómoda, poniendo a mi disposición todo lo que tienen. Después de desayunar, deshacer la maleta, lavar la ropa y ducharme con calderos de agua fría sólo eran las 9 de la mañana. Busqué en mí el miedo que sabía que vagaría escondido y acabé admitiendo que el aprendizaje va a ser un poco costoso. Estoy sola con mis costumbres de primer mundo (agua caliente, leche fría o cisternas) en este mundo de fe y vivir con poco.

Aquí tienes que reconocerte en tu dimensión más animal. El calor hace que sudes y las manchas de la ropa sólo salen si frotas. Aquí el organismo escondido que supura líquidos y reivindica nuestra naturaleza animal se revoluciona. Se camufla con esfuerzo y y dedicación consciente. Un esfuerzo que subraya la trampa, trampa que a su vez ha venido escondiendo la lavadora, la cisterna o el perfume.

La gente me saluda como si llevara viviendo aquí los últimos dos años, eso sumado a la calma con la que se sucede el día me hace sentir bien. Tan solo he dormido dos noches en esta cama y parece que todos me ubican aquí. Todos me ubican menos yo, que me sigo sintiendo como un gato al que cambiaron de sitio. Inspeccionándolo todo algo insegura, atendiendo a cada ruido y matando mosquitos con las manos.
De momento seis picaduras, mamá.




martes, 28 de octubre de 2014

Je ne tremble pas

Me dejó hablar durante veinte minutos sobre la incertidumbre que conlleva que el tiempo de la universidad prescriba, que se acaben los raíles. Me dejó explicarle una necesidad de sentirme útil no saciada y un deseo de sentirme en la tierra, una vuelta a lo orgánico. Apagar el móvil. Dejó que le hablase de mis dudas en relación al futuro y al presente. Le hablé de este blog y de esa idea que apareció cruzando la explanada de Les Invalides en París hace más o menos medio año. Me dejó hablar durante veinte minutos y después pensó dos más. Pues harás bien fue todo lo que mamá dijo. 

A partir de entonces hablamos de Haití como un hecho real. Un día el vuelo estaba comprado y mi madrina no dejaba de contarme cosas que impacientaban mis ganas aterrizar en Puerto Príncipe. Todo ha ayudado y todos han ayudado.

La aventura consiste en vivir. El vuelo a Haití sale en poco más de una hora. Estoy en el aeropuerto parisino de Orly, en la puerta 19A de la terminal sur. Pasaré los próximos dos meses en Arreguy, un pueblo pequeño del que prefiero hablar cuando ya sepa a qué sabe.

No he pensado demasiado qué voy a encontrarme o cómo voy a reaccionar. Pero imagino un aplauso enorme cuando el vuelo aterrice en Puerto Príncipe y no dudo que, por lo pronto, voy a participar en esa orquesta. 


Cuando pensaba en este día tenía claro que acabaría esta entrada diciendo que Je tremble comme une feuille, pero no, Je ne tremble pas.