martes, 11 de noviembre de 2014

Lluvia y cólera a un tiempo


La lluvia se anuncia desde lejos con el ruido de quien sacude una alfombra densa e infinita. Después llega el agua, que es tibia y aviva todos los olores atenuados por el calor de la tierra.

Las gotas son gruesas y robustas, caen rectilíneas y rotundas sobre los tejados de uralita que sustituyeron al ladrillo después del terremoto. La lluvia riega los campos y desborda los ríos al compás metálico y acelerado de las gotas estallando contra el aluminio.

Las casas lloran agua coloreada, su madera pintada sufre la acción de los elementos aplicada con el tosco cincel del tiempo. Las esquinas decoloradas desvelan la madera desnuda y avergonzada como ese hombre que, sin tiempo de ducharse, opta por el perfume y recula dos pasos en el momento del saludo.

La lluvia es vida y muerte en Haití. Los cultivos se secan o se ahogan. La lluvia no llega o lo arrampla todo a su paso airado y mortecino. En el mismo día oigo maldecir la lluvia a unos y ansiarla fervorosamente a otros.

La lluvia es santa y maldita desde su misma indeterminación. La lluvia es esa niña que llora con el semblante impertérrito dejando al albedrío del resto si es de pena o alegría. 

Y AHORA, ¿QUÉ?

Estaba corrigiendo esta entrada cuando llega la hermana Basilia, enfermera del centro de salud donde cargo el ordenador y me conecto a Internet, para decirme que hay que derivar a una paciente al hospital de Jacmel. Se trata de una enferma de 57 años que parece mayor que la abuela Áurea, lleva 15 días sin ir al baño y tiene tres bultos en el estómago. No tienen dinero y la ambulancia cuesta 1.000 gourdes. Me explica que eso es sólo el transporte, y que allí, a diferencia de en este centro, primero pagan y después se les atiende. Aquí el problema de solvencia tiene lugar después de que los enfermos están atendidos y las medicinas administradas. La caridad soluciona el problema.

Mientras Helena y Basilia tratan el tema de la mujer y su transporte, llega una niña de ocho años deshidratada. Cólera. De pronto estamos todos habilitando el pabellón para aislar a la enferma sin poner en peligro al resto de pacientes. A la izquierda del centro hay una especie de cobertizo sin puerta, un galpón con camas. Cinco camas de madera.

Helena, Basilia y yo dábamos la vuelta a las camas y las organizamos en el espacio rectangular mientras la doctora inyectaba suero a la niña. El cólera nunca ataca a una sola persona y era necesario preparar el lugar para los potenciales pacientes de la posible epidemia.

Cuando volteamos las camillas veo que se trata de una tabla de madera con un agujero en medio, el cólera produce fuertes diarreas y vómitos. Limpiamos las camillas y colocamos unas sábanas que respetaban el agujero de los camastros. Cuando me vi con un trapo frotando el plástico que recubría la madera hice serios esfuerzos para aparentar normalidad. 

Corrí hasta la casa para buscar clorox, lo que nos serviría para desinfectar el suelo de la sala. La hermana Basilia se mostraba cariñosa y atenta con la niña, que gracias al efecto del suero parecía recuperar al menos el equilibrio.

Sería mediodía y la ambulancia seguía sin venir.

Fuimos a casa, comimos rápido y volvimos. Aproveché el momento de tranquilidad para organizar una lista de medicamentos en las que certifiqué las dificultades que tiene la gente para pagarlos y el sobre esfuerzo que hace este centro para mantenerse. 

Una vez terminada la lista volví al ordenador y releí lo que estaba escribiendo antes de que el aluvión de problemas arreciase, como una lluvia mala, sobre el centro.

Cuando fuimos a visitar a la niña, su padre borracho estaba tumbado en la camilla de al lado. Cantaba a gritos. Su olor a alcohol impregnaba la sala, ahora protegida de lluvia y sol por una lona azul de Unicef. Helena reprobó su conducta y Basilia terminó por echarlo.

Son las 16.52 de la tarde y la ambulancia sigue sin venir. 

Entre tanto, 30 personas sentadas esperando constataron que, pase lo que pase, en Arreguy sigue siendo martes. Y martes quiere decir arroz.


3 comentarios:

  1. Eres muy buena, ojalá se fije algún medio de comunicación en tí. Periodismo real ya.

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  2. lavado de manos constante, ojo con las bebidas!, mucho cariño y paciencia

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  3. Que forte es!!! Es todo un exemplo. Un saco cargados de biquiños da terra.

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