martes, 25 de noviembre de 2014

¡Qué alegría, qué buen día!


Desayuné mantequilla de cacahuete, hablé con las señoras del mercado, tuve algún pensamiento tan fugaz como clarividente y un vecino consiguió una batería con la que hizo funcionar dos grandes altavoces. La mañana de Arreguy disfrutó de una festiva banda sonora a elevados decibelios.

Tres chicos han compuesto una canción. Rap melódico y culto a Madre Tierra. Todos la conocemos y sonó varias veces entre la clara hegemonía de ritmos latinos. Me alegró la mañana y bailé a pleno sol con Madame Merest, la mujer que ayuda en casa. Ambas nos reíamos al darnos cuenta de cuánto nos había influido en el ánimo un poco de música.

Pasado el éxtasis de las primeras canciones me senté al sol para disfrutar de la mañana más tranquilamente (sin dejar de sacudir de vez en cuando los hombros para subrayar mi conformidad con el aderezo musical que condimentaba el día) y saboree la deliciosa atemporalidad que se suspende en la simple observación del presente. No lo pensé, ni tampoco lo proyecté. Tan solo cedí emocionada a que se desarrollase delante de mí y lo disfruté como el espectador que salta y aplaude divertido en la butaca del teatro. Atendí al ritmo del tiempo, al juego de luces y sombras que provoca el viaje de las nubes. Experimenté la calidez cuando la nube se va y  la frescura cuando otra ocupa su lugar. Comí plátano frito recién hecho.

Hoy, sin más que decir, me acuesto con una sonrisa amplia y sincera.

Haití me invitó a ser la segunda voz de las melodías que habitan la selva.
La selva de las cosas que pasan.




2 comentarios:

  1. Bonita foto, se ve bien la tabla para aplastar el plátano, aquí no se conoce ese utensilio.

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