viernes, 5 de diciembre de 2014

Filmar lo que da pudor mirar

Las mejores fotos serán aquellas que no me atrevo a hacer. Me resulta imposible filmar aquello que da pudor incluso mirar. La pobreza extrema está desnuda y mal nutrida, eso no le quita los escrúpulos y parece que no le gustan las cámaras. La miseria no se pone guapa ni tiene lado bueno. Y supongo que si, he necesitado sentir esa vergüenza para calibrar hasta qué punto es atroz lo que estoy acostumbrada a ver. Escondo la cámara en la mochila siempre que puedo. La cámara y más cosas. Ahora me pregunto más que antes quién habrá apretado el disparador de miles de fotos que se me vienen a la cabeza, quién habrá hecho saltar el flash de su cámara delante de un niño famélico (porque a esas fotos no les gusta retratar sino los clichés) que hasta entonces no conocía otra luz que la del sol.

Me supongo periodista (en realidad no) y graduada en Comunicación Audiovisual, y antes que todo eso una persona. También me pregunto en qué momento se alteran estas suposiciones y a los periodistas se les cae, cual cordón umbilical, el atributo de persona que los mantenía en contacto con la noción de humanidad. Me quedaré a vivir eternamente en el paso anterior. Es difícil hacer ciertas fotos a pesar del valor potencial que puedan tener: movilizar una conciencia, desarmar un argumento capitalista, neocolonialista, injusto, rastrero...  Nos lo dijeron en la uni y nos lo repiten en los medios. La teoría de Zillmann y Bryant que explica la atracción de las audiencias por el morbo, la espectacularización informativa, la sociedad de pantomima y circo, la estupidez globalizada, a todo color y en portada. Nos lo sabemos de memoria y es tan verdad que volver a pensarlo me produce un aburrimiento terrible. (Adriana, amiga mía, mira en quién me he convertido).

Hoy solo quería comentar que estoy viendo muchas cosas que no me atrevo a fotografiar, no por la vida posterior de esas fotografías, que además sería corta y restringida, sino por quien tengo en frente. Algo así como respeto. No quiero buscar el mejor encuadre de una realidad que te golpea como un puñetazo en la boca del estómago solo con mirarla. Hay otras maneras de transmitir la escasez y pretender el cambio; y si no las hay que alguien me toque otro vals que yo éste no lo bailo.

Que yo empecé escribiendo por algo que vi, pero consideré demasiado intrusivo sacar la cámara encuadrar, enfocar y retratarlo. Sin embargo he acabado por cantarle a todo el sufrimiento que escapa a las garras afiladas de la foto estrella, atrincherado en su personal e intransferible miseria.

Mediodía en Jacmel. Una anciana lava su pelo afro y gris en una tinaja naranja. Debe dedicarse al carbón porque el porche de la casa, su piel, su pelo, sus pies, su marido y su tinaja estaban cubiertos de un espesísimo hollín negro. Hay escombros, huellas y grietas del terremoto amontonadas en las esquinas y en las vigas desnudas. La mujer es mayor y está de cuclillas lavando el pelo en la tinaja. Sus senos flácidos cuelgan revelando el exuberante pasado de su dueña. Todo tiene algo tétrico en esta poesía. Su marido, torso al sol, está apoyado en una barandilla de metal con las piernas cruzadas y fuma en pipa. Tiene una boina rota y negra. La mujer sólo está tapada por una tela que algún día fue de algún color parecido al blanco, igual que las paredes. Rayadas sobre la pintura se leen diferentes inscripciones: AFRICA LYBRE, 24-6-2007, una cruz y varios dibujos. Siento un deseo enorme de subir las tres escaleras y hablar con esa pareja, de sentarme en el suelo y beber café, aplicarme sus ungüentos, lavarme el pelo, invocar a sus ancestros, comprar carbón o repasar con cualquier objeto punzante ese AFRICA LYBRE, qué sé yo.

2 comentarios:

  1. He de reconocer que me he sentido reflejado y he de confesar que he tenido que borrar fotos que he hecho y que luego me ha dado vergüenza haber hecho.

    ResponderEliminar