jueves, 30 de octubre de 2014

Puerto Príncipe - Areguy

Había una clara diferencia en el avión. Parejas que reiteraban su amor viendo las películas con los cascos compartidos y una amalgama de personas que exaltaban el júbilo de volver a casa. Hace 13 años desde que mi compañero de vuelo se despidió de su familia en el aeropuerto haitiano Toussant-Louverture, nombre del principal dirigente de la Revolución hatiana. Viaja por tres semanas, estaba nervioso y decía que los estadounidenses seguían colonizándolos a día de hoy. Los haitianos hablaban unos con otros y se llamaban compatriotas. En aquel vuelo el amor aterrizaba en Santo Domingo y la expectación en Puerto Príncipe. Efectivamente hubo aplauso cuando el avión rozó la tierra.

Puerto Príncipe es la hipérbole del caos. Los coches comparten calle con tenderetes y niños que utilizan los mismos caminos para jugar al fútbol descalzos cambiando chanclas por porterías. La gente está en la calle y vende lo que tiene. Dos mangos, tres raíces de jengibre o un poco de carbón. El carbón es la primera fuente de energía de Haití. La contrapartida es una masa forestal que no llega al 1%. La acera se ocupaba por la basura y la gente sentada, a partes iguales. Los niños me saludaban desde la calle y la hermana Schola, por su parte, me dio la bienvenida con una gaseosa de Haití que paramos a comprar en la tienda de una gasolinera. El letrero de la puerta prohibía entrar con armas y me asusté un poco.

Por la mañana me desperté tranquila. Las monjas que me han dejado vivir con ellas procuran en todo momento que esté cómoda, poniendo a mi disposición todo lo que tienen. Después de desayunar, deshacer la maleta, lavar la ropa y ducharme con calderos de agua fría sólo eran las 9 de la mañana. Busqué en mí el miedo que sabía que vagaría escondido y acabé admitiendo que el aprendizaje va a ser un poco costoso. Estoy sola con mis costumbres de primer mundo (agua caliente, leche fría o cisternas) en este mundo de fe y vivir con poco.

Aquí tienes que reconocerte en tu dimensión más animal. El calor hace que sudes y las manchas de la ropa sólo salen si frotas. Aquí el organismo escondido que supura líquidos y reivindica nuestra naturaleza animal se revoluciona. Se camufla con esfuerzo y y dedicación consciente. Un esfuerzo que subraya la trampa, trampa que a su vez ha venido escondiendo la lavadora, la cisterna o el perfume.

La gente me saluda como si llevara viviendo aquí los últimos dos años, eso sumado a la calma con la que se sucede el día me hace sentir bien. Tan solo he dormido dos noches en esta cama y parece que todos me ubican aquí. Todos me ubican menos yo, que me sigo sintiendo como un gato al que cambiaron de sitio. Inspeccionándolo todo algo insegura, atendiendo a cada ruido y matando mosquitos con las manos.
De momento seis picaduras, mamá.




3 comentarios:

  1. El agua,un bien preciado,la luz,las cisternas,una bebida fria para combatir el calor, pero el contrapunto:las estrellas que ahí ves,el ruido de la noche que vas a escuchar, no tienes que correr para coger el metro, no hay que poner chaleco reflectante para caminar y muchas otras cosas que irás descubriendo y valorando. Y el mar color esmeralda....te quiero y te envidio.Fina

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  2. Si, bueno pero ten cuidado con la gaseosa y demás bebidas, Que el envase este lo más precintado posible. ¡Ah¡, y utiliza el antimosquitos. Otro que se preocupa.

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    1. Se nota que este que se preocupa es un profesional, como diría Sofía, y tiene razón, ojo con las bebidas!.

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